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Vigesimonoveno Domingo en Tiempo Ordinario – Año B
¿QUÉ CORONA, QUÉ DIADEMA ES LA QUE DIOS ELIGE?
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El presente texto es el comentario del P. Fernando Armellini para las tres lecturas
de este domingo.
Introducción
El primer cisma en la Iglesia ha tenido lugar ante los mismísimos ojos de Jesús; dos de sus
discípulos contra diez y diez contra los dos (cf. Mc 10,35-41). El motivo de la disputa no fue una
discusión teológica o el rechazo de algún dogma, sino la ambición de poder, la lucha por los
primeros puestos. Fue el comienzo de una dolorosa historia de división y conflictos eclesiales,
siempre desencadenados por rivalidades mezquinas. Cuando alguien quiere dominar sobre los
demás, el grupo se desmorona. Ni siquiera el sistema democrático elimina las disputas, porque
éste no las cura de raíz, porque todo se reduce a un juego de equilibrios, a un intento de
reconciliar egoísmos contrapuestos.
Jesús ha constituido los Doce para que sean el signo en el mundo de una nueva sociedad en
la que sea abolida toda pretensión de dominio y se cultive una sola ambición: la de servir a los
más pobres. Tarea difícil. La mentalidad de este mundo se ha infiltrado, ya desde sus comienzos,
incluso en la misma Iglesia, haciendo que a lo largo de los siglos surgieran en ella los criterios
mundanos del dominar, el afán de poseer, el enseñorearse sobre los demás. La tiara, la célebre
corona del Papa, era el símbolo de la autoridad y la jurisdicción universal del obispo de Roma. Su
origen es incierto, pero en el siglo XIII consistía en una sola corona; un siglo más tarde le fue
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añadida otra más y una tercera a los pocos años, resultando en tres coronas superpuestas,
símbolos de los tres reinos en los que el Papa ejercía su jurisdicción: el Estado Pontificio, la Iglesia
y la sociedad cristiana de entonces.
Cuando Pablo VI fue elegido papa, realizó un gesto histórico: se puso la tiara en la cabeza e
inmediatamente se la quitó, esta vez para siempre. Ser tres veces rey era un símbolo demasiado
ambiguo, demasiado comprometido, incompatible con la única diadema gloriosa que había
adornado la cabeza del Maestro: la corona de espinas.
• Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Grande es el que sirve.”
Primera lectura: Isaías 53,2a.3a.10-11
2aEl Siervo del Señor creció en su presencia como
brote. Como raíz en tierra árida.... 3aDespreciado y
evitado de la gente, un hombre habituado a sufrir,
curtido en el dolor.... 10El Señor quería triturarlo con el
sufrimiento: si entrega su vida como expiación, verá
su descendencia, prolongará sus años y por su medio
triunfará el plan del Señor. 11Por los trabajos
soportados verá la luz, se saciará de saber; mi siervo
inocente rehabilitará a todos porque cargó con sus
crímenes.
La persona humana quiere vencer, no perder;
busca dominar, no servir. Dios piensa lo contrario, y
para educar a su pueblo a que acepte la lógica del don
de la propia vida, ya desde el Antiguo Testamento ha
propuesto un modelo: su Siervo fiel.
Ya hemos nos encontrado muchas veces a este
misterioso personaje; hoy aparece de nuevo para prepararnos a comprender y aceptar el
desafiante mensaje del Evangelio.
En la primera parte de la lectura (vv. 2-3) se describe el aspecto humilde de este Siervo: brota
como un pequeño arbusto del desierto; crece en una tierra sin agua; no posee ninguna de las
características que atraen la atención de la gente: belleza, fuerza, riqueza; por el contrario, es
débil, despreciado, un derrotado.
La segunda parte de la lectura (vv. 10-11) muestra el juicio opuesto de Dios. Lo que la gente
considera fracaso, para el Señor es un triunfo.
Es a través del sacrificio, del sufrimiento, de la entrega de sí que Dios lleva a cabo sus planes
de Salvación. Precisamente porque es víctima del odio, la injusticia, la violencia, el Siervo libera
a sus propios perseguidores de sus iniquidades. Él es la imagen perfecta de Jesús, que ha salvado
a la humanidad no a través del dominio, sino humillándose, arrodillándose ante los hombres para
servirlos, dando su vida por ellos.
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Segunda lectura: Hebreos 4,14-16
14Hermanos, ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un sumo sacerdote excelente que entró
en el cielo, mantengámonos firmes en nuestra confesión de fe. 15El sumo sacerdote que
tenemos no es insensible a nuestra debilidad, ya que, como nosotros, ha sido probado en todo
excepto el pecado. 16Por tanto, acerquémonos confiados al trono de nuestro Dios para obtener
misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio
oportuno.
Los evangelios sinópticos nos dicen que Jesús, al
comienzo de su vida pública, fue sometido a las
tentaciones del diablo. Después, ya no se toca más el
tema. Solo Lucas sugiere que estas tentaciones
continuaron; se refiere, en efecto, a que “el diablo lo
dejó para volver a la hora señalada” (Lc 4,13).
El pasaje de la Carta a los Hebreos que se lee hoy
afronta con claridad esta cuestión. Cristo es capaz de
entender nuestras debilidades porque Él mismo fue
tentado en todo como nosotros. La única diferencia es
que, mientras nosotros, con mucha frecuencia, somos infieles a Dios, Él nunca cedió al pecado.
Esta afirmación es fuente de gran consuelo. Nos muestra a un Jesús muy cercano, sensible a
nuestros problemas. No ha aparentado ser hombre, sino que lo es realmente; ha pasado por
todas las dificultades que nosotros debemos afrontar y sabe lo difícil y costoso que es
mantenerse fieles a Dios, sobre todo cuando uno es probado por el dolor.
Un poco más adelante en la misma Carta, el autor, volviendo sobre el tema, añade: “Y
aunque era el Hijo de Dios, aprendió sufriendo lo que es obedecer” (Heb 5:8) y aceptar la voluntad
de Dios.
Evangelio: Marcos 10,35-45
35En aquel tiempo, se le acercaron a Jesús los hijos
de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
“Maestro, queremos que nos concedas lo que te
vamos a pedir.” 36Les preguntó: “¿Qué quieren de
mí?” 37Le respondieron: “Concédenos sentarnos en
tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.” 38Jesús replicó: “No saben lo que piden. ¿Pueden
beber la copa que yo he de beber o recibir el
bautismo que yo voy a recibir?” 39Ellos
respondieron: “Podemos.” Jesús les dijo: “La copa
que yo voy a beber también la beberán ustedes; el
bautismo que yo voy a recibir también lo recibirán
ustedes; 40pero sentarse a mi derecha y a mi